“Que no, que no es pasividad.” Parte 2.

Según Kaethe Weingarten (2003), al acercarnos a alguien y atestiguar su historia, debemos hacernos presentes. Física, mental y emocionalmente presentes. Estar en el ahí y el ahora, aún si es una conexión breve. Vivimos en el mundo de las distracciones insaciables y amabilidades falsas.

 

La semana pasada el tema fue la compasión a uno mismo -que no, que no es autocompasión-. Es la base para atestiguar compasivamente, el “compassionate witnessing”, a partir del cual nos volvemos conscientes y empoderados sobre nuestra realidad para transformar la violencia sin exacerbarla. Atestiguar compasivamente. ¿Cómo se aplica a la escucha? ¿A la escucha de la otra persona que nos cuenta su situación? No sé a ustedes, pero cuando oí algo así me sonó como a pasividad. Me sonó a observar sin meterse. Y eso, al menos a mí, no me sonó nada bien.

Quizás me gana la impulsividad. O quizás sigo tratando de sacudirme esta noción de que las personas que trabajamos con personas debemos ser los protagonistas de las soluciones. O al menos el cerebro de la operación en lo que a soluciones se refiere. ¿No somos profesionales, acaso? Y nos gana el ego. Ya lo decía el sociólogo noruego Nils Christie: somos tan expertos que nos convertimos en los ladrones del conflicto. En ladrones de problemas y de dolores. Se los robamos a la gente porque ellos o ellas posiblemente no saben cómo resolverlos bien y nosotros sí. Eso, eso que acabo de decir, es, en resumen, la invasión de los expertos. La intrusión de los expertos.

Hoy quiero referirme a este tema pero desde la perspectiva de la escucha activa. De cómo tener conversaciones restaurativas cuando alguien nos comparte su historia.

A ver, atestiguar con compasión tendrá que ver con tomar consciencia y con tener poder (Ver Figura 1). Recuperar el poder sobre la propia vida, sobre la realidad. El conocimiento ciertamente es poder. Así que no estoy diciendo que la experticia sea mala o que los y las profesionales no tengamos un lugar, un aporte valioso ante el dolor, el conflicto y el sufrimiento. Lo que digo es que ese aporte debe estar al servicio de las personas sin quitarles, de ninguna manera, la libertad para llevar las riendas de su vida. Y ese aporte debe estar también al servicio de las comunidades, de forma que la comunidad pueda desarrollarse en un entorno seguro y justo.

Figura 1. Weingarten (2003) Ventanas Posicionales.

Atestiguar compasivamente es tomar consciencia. No hay lugar para la indiferencia en este compromiso. Elie Wiesel, en su discurso “Los Peligros de la Indiferencia”, dijo “al ser indiferentes, mandamos a los que sufren al exilio de la memoria humana. Y al negar su humanidad, terminamos por traicionar la nuestra.” La semana pasada hablé sobre la compasión a una misma: me referí al autocuidado, a protegernos y fortalecernos a nosotros mismos. Bien, éste es el motivo. Voltear al otro lado ante las situaciones que nos rodean siempre será más fácil: sobrepasar la indiferencia a involucrarnos con la humanidad de quiénes nos rodean y con la propia, es difícil. Nos va a demandar responder. A veces vamos a querer no responder. Ser conscientes significará una ineludible invitación a tomar nuestro lugar como miembro de la humanidad común.

Como ya se ha dicho, el testigo compasivo es una persona que es consciente y toma acción en relación con lo que escucha, con el propósito de transformar y no exacerbar la violencia. Hoy me concentraré en el tema de la escucha. Y como la escucha es una fuerza transformadora en sí misma. Cómo atestiguo compasivamente al acercarme a la persona que me cuenta su historia.

La escucha del “compassionate witnessing” parte de dos elementos claves:

  1. Re-membrar:  Suena como a remembranza. En parte es así. Es revivir de dónde venimos. Entender nuestra historia. Quizás cuestionarla. Encontrar esa historia dominante que nos caracteriza y colocar nuestra atención en cosas a las que, tal vez, no dimos suficiente importancia. Tal vez cierta fortaleza, o la resiliencia, o a la solidaridad que desestimamos como poco importante, pero que, al observarla, nos enseña cosas de nosotros mismos que nos pueden ayudar a reinterpretar el presente: nos podrían ayudar a entendernos mejor y a ser mejores personas ahora. Re-membrar también tiene que ver con unir miembros. No somos seres aislados. Atestiguar compasivamente significa recuperar los miembros importantes de mi historia y conectarme con ellos y ellas. Quizás, también debamos eliminar las membresías destructivas de la vida. Es curioso cómo el pensar que la salud mental y la patología son realidades individuales ha contribuido de forma importante a que estemos tan cada vez más enfermos… más deprimidos, más ansiosos. Perdemos de vista que el malestar es social, es comunitario. La cura también será social y comunitaria. Todos y todas somos responsables.
  2. Escucha sin juicio: Atestiguar compasivamente significa cambiar el juicio por la curiosidad. Le damos a la persona que nos habla, el beneficio de la duda. Lo que nos inquieta, lo que nos molesta, lo que condenamos… Estamos, literalmente, llenos de prejuicios. Pero pensarlo en negativo (“prohibido juzgar”) difícilmente funciona. Es más estratégico y humano hacer un intercambio voluntario: tomemos esos juicios e intercambiémoslos por curiosidad: “cuénteme más”. “Me cuesta entender esto. Ayúdeme a entenderlo mejor”. No somos neutrales ni el afán es serlo. Pero atestiguar compasivamente significa que la escucha está a disposición de la otra persona, no de satisfacernos a nosotros mismos.

Según Kaethe Weingarten (2003), al acercarnos a alguien y atestiguar su historia, debemos hacernos presentes. Física, mental y emocionalmente presentes. Estar en el ahí y el ahora, aún si es una conexión breve. Vivimos en el mundo de las distracciones insaciables y amabilidades falsas. ¿No les ha pasado? ¿Eso de ponerse la careta de la amabilidad estilo “servicio al cliente” para salir de alguna situación? Yo reconozco que es toda una habilidad y muy necesaria en los tiempos competitivos de hoy. Eso de ser muy “amables y profesionales”. Pero no es eso de lo que hablo. Hablo de reconocer que hay momentos para soltar todo: momentos para ser conscientes de que esta persona nos necesita y activamente expresar “aquí estoy”. No para “terapiar”, no para resolver, no para aconsejar. La idea de escuchar al otro sin hacer nada de eso nos choca porque creemos que para que la conversación sirva para algo, debemos “hacer” algo. Pero no. A veces la acción se llama “escucha activa.” A veces la acción se llama “atestiguar compasivamente”. Y eso, créanmelo o no, no es pasividad.

Veámoslo así: si la combinación que buscamos es la de la consciencia y el empoderamiento, la meta es que la persona tome consciencia de su realidad -sobre la cual la mejor experta es la persona misma y no nosotros- y tome las riendas para actuar sobre esa realidad. Cada vez que interrumpimos, interrogamos, juzgamos o aconsejamos, distraemos a la persona de tomar consciencia por sí misma sobre lo que le ocurre. Es como la profesora de matemática que le dice al estudiante: “la respuesta es 5” y luego asuma que ya aprendió a hacer el procedimiento de la operación.

Por otro lado, cuando minimizamos lo que oímos (el famoso “¡ah, eso no es para tanto!”, “ahorita se te pasa”), o cuando le decimos a la persona que no le creemos… o inclusive cuando nos ponemos a compartir nuestras propias historias y problemas, le robamos a la persona el poder sobre su propia realidad. Y volvimos la conversación acerca de nosotros.

¿Entonces qué hacemos? Si eliminamos el interrumpir, el juzgar, el aconsejar, el minimizar, el compartir mis propios cuentos… ¿pues qué nos queda?

Nos queda preguntar. Preguntar más que responder. Como buenos científicos. El aprendizaje está más en las preguntas que en las respuestas. ¿Cuáles preguntas? Pueden ser las preguntas restaurativas. Las de la tarjetita. Las repito aquí:

Para quién sufrió un daño:

  • ¿Qué pensaste cuando te diste cuenta de lo sucedido?
  • ¿Cómo te impactó ésto a vos y a otros?
  • ¿Qué ha sido lo más difícil para vos?
  • ¿Qué necesitás para que las cosas vuelvan a estar bien?

O preguntas para quién causó un daño:

  • ¿Qué pasó?
  • ¿Qué estabas pensando en ese momento?
  • ¿Qué has pensado desde entonces?
  • ¿Quiénes fueron afectados por lo que pasó? ¿De qué forma?
  • ¿Qué debe suceder para que las cosas vuelvan a quedar bien?

También podemos hacer observaciones que nos ayuden a conectarnos con la persona. Algo así como: “Cuando dijiste ____________, yo pensé o sentí ___________.” Observaciones que muestren empatía, pero que no sean para satisfacernos a nosotros, sino para fortalecer la conexión con la persona.

O preguntas que muestren curiosidad:

“Mencionaste ___________ y yo me preguntaba si ____________”.

Afirmaciones que reflejen compasión: “Me impactó mucho tu _____________.”

O preguntas que fortalezcan ese sentido de comunidad, como por ejemplo: “Mientras me contabas tu historia, pensé en cómo quisieras recibir apoyo o a quiénes podrías recurrir.”

Una dinámica bonita para trabajar esto con jóvenes es el círculo de la resiliencia. Resiliencia es la capacidad para resistir las dificultades y salir fortalecido de ellas. En una hoja de papel, se le pide a la persona que se dibuje a sí misma en el centro y que señale los nombres de personas con las que cuente o en quienes confía, de manera que hagan un círculo a su alrededor. Y se le anima a recordar que no está sola.

Todas estas ideas de Weingarten nos pueden ayudar a encontrarnos con nosotros mismos: a ser testigos activos y a empoderarnos los unos a los otros. Ella misma afirmó que nuestra humanidad común nos confronta a todos. Una escucha activa anima a la persona a tomar consciencia y a asumir responsabilidad. Es una invitación libre. Es un compromiso y construye cultura de paz. Pero ojo. Ni de parte nuestra ni hacia el otro es pasividad.

Que no, que no es pasividad.

 

 

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